El animal que se defiende haciéndose una bola (y por eso lo pierde todo)
El pangolín es el mamífero más traficado del mundo. Su única defensa, enrollarse, lo convierte en presa fácil. Esta es la historia de quienes intentan devolverlo al bosque.

Cuando se asusta, el pangolín hace lo único que sabe hacer: se enrolla sobre sí mismo hasta formar una bola perfecta de escamas, protegiendo con la coraza su vientre blando y su cabeza. Contra un leopardo, funciona. Contra una mano humana, es una sentencia: basta agacharse y recogerlo del suelo, como quien levanta una piña. La defensa que lo salvó durante ochenta millones de años es, hoy, exactamente lo que lo condena.
Lisa Hywood recuerda el primer pangolín que le llegó, hace más de dos décadas, dentro de un saco usado de harina de maíz. «Cuando miré dentro del saco, el corazón empezó a latirme con fuerza: no tenía ni la más mínima idea de qué hacer», cuenta la fundadora de la Tikki Hywood Foundation, en Zimbabue. Aquel animal, una hembra adulta a la que llamaron Negomo, fue el principio de una vida dedicada a rescatar al mamífero más traficado del planeta.
El único mamífero con escamas
El pangolín es uno de los animales más improbables que existen: el único mamífero del mundo cubierto de escamas. Esas escamas no son hueso ni marfil, sino queratina —la misma proteína de nuestras uñas y del pelo—. Es solitario, casi siempre nocturno, sin dientes, y se alimenta de hormigas y termitas que atrapa con una lengua que, extendida, puede ser más larga que su propio cuerpo. Un solo pangolín llega a comer decenas de millones de insectos al año, lo que lo convierte en un controlador de plagas silencioso y en una pieza discreta pero real de la salud del bosque.
Hay ocho especies: cuatro en Asia y cuatro en África. Entre las asiáticas están el pangolín malayo o de la Sonda (Manis javanica), en peligro crítico, y el pangolín filipino (Manis culionensis), en peligro. Entre las africanas, el pangolín terrestre de Temminck (Smutsia temminckii). El Grupo de Especialistas en Pangolines de la UICN lo resume sin matices: las ocho especies están amenazadas de extinción.
Por qué lo quieren muerto
La tragedia del pangolín cabe en dos palabras: escamas y carne.
Sus escamas se usan en la medicina tradicional de varios países de Asia —sobre todo China y Vietnam, los dos grandes mercados de consumo— donde se les atribuye la capacidad de tratar dolencias que van del hígado a la lactancia. No hay base científica para ello: son queratina, lo mismo que masticarse una uña. Su carne, por otro lado, se ha convertido en un símbolo de estatus, un plato caro que se sirve para demostrar poder adquisitivo. Esa combinación —superstición y ostentación— mueve una maquinaria brutal.
Las cifras son difíciles de sostener sin apartar la vista. Se calcula que más de un millón de pangolines fueron traficados en la última década. El Grupo de Especialistas en Pangolines estima que, solo entre 2016 y 2024, se incautaron productos equivalentes a más de medio millón de ejemplares. TRAFFIC, la organización que vigila el comercio de especies, cifra en torno a 20 toneladas de escamas el volumen traficado internacionalmente cada año, la mayoría rumbo a China; en 2021 se interceptaron 23,5 toneladas de pangolines y sus partes. Y la gran paradoja geográfica: la mayoría de los pangolines que se consumen en Asia se cazan en África y cruzan medio mundo en contenedores.
El comercio ilegal de fauna es, según Naciones Unidas, el cuarto mayor tráfico ilícito del planeta, por detrás solo de las drogas, las armas y la trata de personas. El pangolín se ha convertido en uno de sus rostros.
Una prohibición que no basta
En septiembre de 2016, los gobiernos reunidos en la CITES —la convención que regula el comercio internacional de especies— trasladaron las ocho especies de pangolín al Apéndice I, el nivel máximo de protección, que prohíbe por completo su comercio internacional. Sobre el papel, el pangolín quedó blindado.
La realidad es más terca. «Los marcos legales ya existen, pero no han detenido el persistente comercio ilegal de pangolín», advierte Sarah Heinrich, codirectora del área de aplicación de la ley del Grupo de Especialistas. Un informe reciente del grupo, encargado por la Secretaría de la CITES y basado en datos de 32 países, señala lo que falla: los países de origen tienen pocos recursos, apenas hay seguimiento de las poblaciones, y las herramientas avanzadas —como la ciencia forense que permite rastrear el origen de un cargamento de escamas— están repartidas de forma muy desigual entre el norte y el sur global. La ley está escrita; lo que falta es poder aplicarla.
Los que cuidan de uno en uno
Frente a una maquinaria que se mide en toneladas, hay personas que trabajan de uno en uno.
En la Tikki Hywood Foundation, cada pangolín rescatado recibe un cuidador —un minder— que construye una relación con el animal, lo acompaña a buscar alimento y lo sostiene durante la rehabilitación. No es sentimentalismo: un pangolín rescatado del comercio suele llegar deshidratado, estresado y sin saber alimentarse por sí mismo, y sin esa compañía constante rara vez logra volver al bosque.
Los nombres de los animales cuentan la historia mejor que cualquier estadística. Upenyo, una hembra de 12,3 kilos, fue rescatada en septiembre de 2015 y liberada siete meses después. Mosi llegó en noviembre de 2017 y volvió a la naturaleza en abril de 2018. Mweya, una hembra mayor, entró en estado crítico con 4,1 kilos en junio de 2018 y salió caminando hacia el bosque en diciembre, ya con 6,5. Pero no todas las historias terminan bien, y sería deshonesto fingir lo contrario: Chatunga, un macho juvenil transportado en un camión de plátanos, murió cinco días después de ser rescatado en enero de 2016; Mamoyo, una cría que a su peso debería haber estado todavía con su madre, murió semanas después. Por cada final feliz hay animales que llegan demasiado rotos.
«Me rompe el corazón saber cómo la codicia del ser humano empuja a este animal al borde de la extinción», dice Lisa Hywood. Y, aun así, insiste en la urgencia más que en la rendición: «Al pangolín se le acaba el tiempo; todos tenemos que actuar».
Qué dice de nosotros
Hay algo casi filosófico en el caso del pangolín. No es un depredador imponente como el tigre, ni una criatura carismática como el panda. Es un animal tímido, extraño, que no muerde, no ataca y no huye: solo se enrolla y espera a que pase el peligro. Su supervivencia depende por completo de que decidamos no agacharnos a recogerlo.
Utopía hace siempre la misma pregunta: ¿cómo sería tu mundo ideal? Quizá una de sus respuestas sea esta: un mundo capaz de proteger algo precisamente porque es indefenso, y no a pesar de serlo. El pangolín no puede defenderse de nosotros. La pregunta, en el fondo, no es sobre él. Es sobre nosotros.
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