Más allá del tatuaje: qué cuenta de verdad la historia mentawai
A los mentawai se les reduce a sus tatuajes. La historia que importa es otra: una forma de ver el mundo que resiste setenta años de presión.

Cada pocos meses, un reportaje de viajes vuelve a presentar a los Mentawai con la misma etiqueta: «la tribu de los tatuajes más antiguos del mundo». La frase es cómoda, suena a titular y coloca a un pueblo entero en una vitrina, congelado en un pasado remoto. Tiene un problema: no es verdad. Y lo que oculta es una historia bastante más interesante que la del adorno sobre la piel.
En 2024, el antropólogo mentawai Juniator Tulius —formado en Leiden y en la Universidad Tecnológica de Nanyang— publicó una refutación directa de ese mito en el Jurnal Penelitian Humaniora. Su conclusión es tajante: afirmar que los tatuajes mentawai son los más antiguos del planeta «no es válido», porque sencillamente no se puede datar cuándo empezó esa práctica. El dato que circula —unos 1500 a.C., comparados con los tatuajes egipcios de hacia 1300 a.C.— procede de una tesis de máster de 1994 que, a su vez, se apoyaba en la fecha estimada de la migración de los ancestros mentawai. Pero una migración no data un tatuaje: entre que un pueblo llega a una isla y que empieza a tatuarse puede haber siglos. Egipto conserva momias tatuadas; Mentawai, una tradición oral. No son comparables, y proclamar un récord mundial sobre esa base es, en palabras de Tulius, repetir sin verificar.
Que la afirmación sea falsa no hace menos valiosa la práctica. El titi —el nombre imita el sonido de las dos herramientas de madera al golpear— marca identidad, función social y protección; sus motivos se inspiran en animales y plantas, en un mundo donde se entiende que la naturaleza también tiene espíritu. Pero quedarse en el tatuaje es mirar el dibujo e ignorar a la persona. La pregunta que de verdad sostiene esta historia es otra: ¿qué mantiene viva —o no— una forma de entender el mundo cuando el Estado, la religión y la economía llevan setenta años empujando para borrarla?
Un mundo donde todo tiene alma
En el interior de Siberut, la mayor de las islas Mentawai, frente a la costa occidental de Sumatra, pervive un sistema de creencias que los antropólogos llaman Arat Sabulungan. Su idea central, tal como la documentó a lo largo de décadas el etnógrafo Reimar Schefold —catedrático emérito de la Universidad de Leiden, que convivió con el clan Sakuddei de Siberut entre 1967 y 1969—, es que todo lo que existe tiene alma: las personas, los animales, las plantas, los objetos. La salud y la armonía dependen de mantener buenas relaciones con esas almas. Si se las descuida —si falta belleza, calma, comida, fiesta o el respeto a los tabúes—, pueden marcharse, y entonces su dueño enferma.
El encargado de restaurar ese equilibrio es el sikerei, una figura que se suele traducir como «chamán» pero que funciona más como sanador y mediador. Llega a serlo tras una iniciación larga junto a un maestro, aprendiendo cantos, plantas medicinales y el arte de localizar un alma extraviada y atraerla de vuelta con flores y ornamentos. No es un cargo cómodo: implica tabúes estrictos y costes económicos, y su recompensa es sobre todo simbólica. El sikerei no es una estampa exótica; es un oficio con reglas, exigencias y un conocimiento preciso del bosque que lo rodea.
La cultura que el Estado quiso corregir
Si hoy el Arat Sabulungan sobrevive a duras penas, no es por un desvanecimiento natural, sino por décadas de presión deliberada. A partir de los años cincuenta, la política indonesia empujó con fuerza en dirección contraria. Bajo la doctrina del Pancasila, el Estado exigía que cada ciudadano perteneciera a una de las religiones oficialmente reconocidas, y la religión ancestral mentawai no era una de ellas. Llegaron misioneros, se destruyeron objetos rituales y se presionó para convertir. Según reconstruye Tulius a partir de fuentes de los años setenta y ochenta, en 1954 una «reunión de las tres religiones» (Rapat Tiga Agama) selló un acuerdo entre cristianos protestantes, musulmanes y seguidores del Sabulungan que, con apoyo policial, prohibió el tatuaje y otras prácticas. La caza de cabezas, por su parte, ya había terminado antes, con una prohibición colonial neerlandesa a comienzos del siglo XX.
El resultado fue un mosaico, no un bloque. Hoy muchos mentawai son cristianos o musulmanes; otros combinan esas religiones con elementos ancestrales. Un estudio reciente describe cómo algunos jóvenes, criados en el islam o el catolicismo, siguen participando en rituales de sus mayores y llegan a identificar a la divinidad suprema local con Dios o Alá. No hay una sola manera de ser mentawai, y conviene desconfiar de cualquier relato que presente a estas comunidades como homogéneas o detenidas en el tiempo. Difieren por isla, por generación y por grado de práctica.
El bosque, en el centro de todo
Esa forma de vida es inseparable del bosque, y el bosque lleva medio siglo bajo presión. Siberut es, desde 1981, Reserva de la Biosfera de la UNESCO, y su Parque Nacional, de unas 195.500 hectáreas, es según el ecólogo Tony Whitten el mayor cambio conservacionista de las últimas décadas en la isla. Pero la protección sobre el papel convive con una explotación real. La tala comercial opera desde los años setenta, y ya en los años noventa dos proyectos de palma de aceite amenazaron a Siberut antes de ser frenados por las protestas locales y las campañas de ONG, como documentó entonces la organización Down to Earth. Son episodios históricos, de hace tres décadas, y conviene no confundirlos con lo que ocurre ahora.
Porque el conflicto vivo está hoy en otra isla del mismo archipiélago: Sipora. Allí, la empresa PT Sumber Permata Sipora obtuvo en marzo de 2023 una «aprobación de compromiso» para un permiso maderero (PBPH) sobre unas 20.710 hectáreas, cerca del 34 % de la isla. A agosto de 2025, el Ministerio de Bosques aún no había emitido el permiso definitivo, a la espera de que se complete el estudio de impacto ambiental. Unas 6.900 hectáreas de esa concesión se solapan con bosques que las comunidades —las uma Sakerebau Mailepet y Sibagau— reclaman como territorio consuetudinario desde 2017. En junio de 2025, una coalición ciudadana denunció el proceso ante la oficina del Ombudsman en Sumatra Occidental, alegando irregularidades; la denuncia sigue pendiente y no existe, por ahora, una resolución. La historia no está cerrada, y eso es precisamente lo que la hace importante.
¿Protege el bosque una forma de creer?
Aquí aparece la pregunta más delicada, y la más fácil de responder mal. Es tentador trazar una línea recta: si los mentawai creen que el bosque tiene alma, entonces su cultura protege el bosque. Varios de sus animales lo necesitarían: los seis primates endémicos del archipiélago están amenazados o en peligro crítico según la UICN. Y existen iniciativas de conservación nacidas de la propia comunidad, como Malinggai Uma Tradisional Mentawai, fundada en 2013, que patrulla el bosque y promueve la caza ceremonial con arco frente a la oportunista.
Pero la evidencia no permite dar el salto de la correlación a la causa. El estudio de 2025 que relaciona religiosidad y conservación es cualitativo e interpretativo: describe cómo las creencias «moldean» ciertas prácticas, pero no mide resultados ecológicos —ni cobertura forestal, ni poblaciones animales—, de modo que no puede demostrar que las creencias conserven el bosque. El antropólogo Darmanto Darmanto lo ha advertido con crudeza: el Arat Sabulungan «no impide automáticamente la explotación forestal», y presentar la espiritualidad indígena como «el buen tipo de espiritualidad primitiva que una audiencia urbana quiere oír» es una forma de idealización que no ayuda a nadie.
De hecho, la presión sobre el bosque también viene de dentro. Un estudio de 2014 dirigido por el primatólogo Marcel Quinten, basado en entrevistas a 390 personas de 50 aldeas de Siberut, estimó que cada año se cazan no menos de 4.800 primates en la isla, al menos un 6,4 % de su población, y que la caza era más intensa dentro del propio parque nacional. Las restricciones tradicionales se erosionan, y la caza de subsistencia da paso a otra más oportunista. La realidad, como casi siempre, se resiste a la moraleja: ni la cultura mentawai es una reserva natural con forma de creencia, ni sus comunidades son culpables de la degradación de su propio territorio. Son, como cualquiera, personas negociando entre lo que heredaron y las fuerzas económicas que les llegan de fuera.
Lo que queda cuando se apaga el titular
La historia mentawai que merece contarse no es la del récord de tatuajes. Es la de una forma de entender el mundo —donde el bosque, los animales y las personas comparten alma— que ha sobrevivido a setenta años de presión estatal, religiosa y económica, y que hoy se transforma más que desaparece: jóvenes que rezan a Alá y acompañan a un sikerei, bosques protegidos sobre el papel y talados en la práctica, comunidades que reclaman en los despachos las tierras donde siempre vivieron.
La pregunta de Utopía —¿cómo sería tu mundo ideal?— no busca aquí una respuesta pintoresca. Busca entender qué significa que una cultura decida, una y otra vez, seguir existiendo a su manera. No sabemos si el Arat Sabulungan llegará a la próxima generación. Esa incertidumbre no es un fallo del relato: es el relato. Y tal vez lo esencial no sea si los mentawai conservan el bosque, sino qué estamos dispuestos a entender —y a respetar— antes de que la decisión deje de estar en sus manos.
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Fuentes
- Juniator Tulius, «Titi Mentawai» — Jurnal Penelitian Humaniora 29(2)
- Reimar Schefold sobre los sikerei de Siberut (Art of the Ancestors)
- Wahyuni et al., religiosidad y conservación — Millah 24(1), 2025
- Crítica de Darmanto Darmanto (Mongabay, 2025)
- Conservación de primates liderada por mentawais (Mongabay, 2025)
- Quinten et al., caza de primates en Siberut — J. Threatened Taxa 6(11), 2014
- Tony Whitten, cambios en Siberut (World Bank Blogs, 2009)
- Down to Earth nº42 (1999): tala y palma en Siberut
- Permiso de PT Sumber Permata Sipora (Indonesia Business Post, 2025)
- Proceso del permiso en Sipora (Mongabay Indonesia, 2025)
