La carrera contra el fuego: quién salva lo que huye de los incendios de Borneo y Sumatra
Arde la peor temporada de incendios de Indonesia en más de una década. Entre el humo, veterinarios, patrullas de aldea y una brigada de mujeres en moto intentan rescatar lo que todavía puede salvarse.

El 30 de agosto, cerca de una plantación de palma aceitera en la aldea de Laman Satong, en el oeste de Borneo, un equipo encontró a un orangután macho adulto demasiado débil para huir. Lo llamaron Sampurna. Lo trasladaron al centro de rehabilitación de la organización local YIARI, pero murió pocas horas después. La causa no fue el fuego directo, sino el humo: síntomas respiratorios tras días respirando el aire de una isla que ardía.
Sampurna fue uno de los siete orangutanes de Borneo —todos de una especie en peligro crítico— que una sola organización recuperó en un solo distrito, Ketapang, durante un solo mes. Es una cifra diminuta frente a lo que está ocurriendo, y precisamente por eso dice tanto.
La peor temporada en más de una década
Indonesia atraviesa en 2026 su peor temporada de incendios forestales en más de diez años. Las cifras cambian según la fuente y la fecha —conviene decirlo de entrada—, pero todas apuntan en la misma dirección. Entre enero y junio ardieron 107.465 hectáreas, un 110 % más que en el mismo periodo de 2023, según el Ministerio de Bosques citado por Reuters. A mediados de agosto, el ministro de Bosques, Raja Juli Antoni, cifraba en unas 202.000 hectáreas la superficie quemada en todo el país. La plataforma de seguimiento Nusantara Atlas elevaba el total nacional a 895.657 hectáreas entre enero y agosto.
El humo no se queda en Indonesia. La neblina tóxica —la haze que vuelve casi cada estación seca— ha cruzado fronteras hasta Malasia, Singapur y Timor Oriental, con cierres de escuelas en Malasia y Timor y problemas respiratorios para «cientos de miles» de personas, según Reuters. El 15 de octubre, cuatro personas murieron combatiendo un incendio en el Parque Nacional Bromo Tengger Semeru, en Java Oriental, y otras dos sufrieron quemaduras graves, informó el Ministerio de Bosques. El presidente Prabowo Subianto aprobó aceptar ayuda de países vecinos. El propio ministerio advirtió que la temporada de fuego podría prolongarse hasta principios de noviembre.
Borneo (las provincias de Kalimantan Occidental, Central y del Sur) y Sumatra (Riau, Jambi y Sumatra del Sur) son las regiones más castigadas. Kalimantan Occidental es, con diferencia, la provincia más afectada.
Por qué arde: turba, canales y palma
Estos incendios no son un accidente natural que se repite por mala suerte. Son, en gran medida, el resultado de cómo se usa la tierra.
El sospechoso de fondo es la turba. Los suelos de turba de Borneo y Sumatra son depósitos de materia orgánica encharcada que almacenan enormes cantidades de carbono. Mientras están húmedos, no arden. El problema empieza cuando se drenan: para plantar palma aceitera o especies de celulosa se abren canales que secan la turba, y una vez seca puede arder por debajo de la superficie durante semanas, en incendios subterráneos casi imposibles de apagar y que reaparecen en las siguientes estaciones secas. A ese terreno inflamable se suma el detonante de este año: un El Niño que se fortalece, una estación seca prolongada y la sequía. El Niño no prende la cerilla; seca el bosque hasta que cualquier chispa basta.
¿Y la cerilla? Buena parte del fuego se usa de forma deliberada para despejar tierra. El análisis del grupo ecologista Walhi (el Foro Indonesio para el Medio Ambiente) apunta directamente a las concesiones: el 74 % de los focos de calor detectados en Kalimantan estaban dentro de áreas concesionadas a empresas. Según sus datos, 10.739 focos se registraron en zonas de cultivo de palma aceitera, 7.880 en concesiones mineras y 6.905 en concesiones forestales. A finales de agosto, Reuters informaba de que el Ministerio de Medio Ambiente investigaba a 19 de las 42 empresas con concesiones de alto riesgo de incendio.
«Este cambio en la ordenación del territorio también es un problema», resume Argitoe Ranting, de Walhi, al describir cómo parte de la turba protegida en Ketapang fue reclasificada para uso agrícola y entregada a concesiones. Es la frase que, sin dramatismo, conecta un mapa administrativo con un orangután muerto por inhalación de humo.
Los que no pueden huir
Un incendio forestal mata de más formas que con las llamas. «El impacto de los incendios forestales y de tierra sobre la fauna no siempre implica quemaduras», advierte Argitoe Ranting. Lo que mata, muchas veces, es todo lo demás: el humo, el hambre y la sed.
En el humo, los orangutanes «pueden sufrir dificultad respiratoria y falta de oxígeno, o hipoxia», explica Komara, veterinario de YIARI. Es lo que acabó con Sampurna. Y el orangután de Borneo (Pongo pygmaeus) es solo una de las tres especies de orangután, todas en peligro crítico: las otras dos, el de Sumatra (Pongo abelii) y el de Tapanuli (Pongo tapanuliensis), viven en Sumatra. La evaluación más reciente de la UICN (2016) estimaba algo más de 100.000 orangutanes de Borneo en estado salvaje, con una caída proyectada de cerca del 86 % entre 1950 y 2025. Las hembras crían, de media, una vez cada siete u ocho años: cada individuo perdido tarda casi una década en reemplazarse, si es que llega a hacerlo. La propia UICN lo dice sin rodeos: «Los incendios forestales recurrentes, especialmente en los bosques de turba, provocan fuertes caídas adicionales aproximadamente una vez por década».
Pero el fuego no distingue especies. En la costa de Kubu Raya, en Kalimantan Occidental, la organización Yayasan Planet Indonesia registró al menos 16 animales muertos entre principios de agosto y finales de septiembre: langures plateados (Trachypithecus cristatus), macacos de cola larga (Macaca fascicularis) y narices (Nasalis larvatus), el mono narigudo endémico de Borneo y en peligro de extinción. Para hacerse una idea de la anomalía, en los seis años anteriores las patrullas de la zona habían registrado 13 animales muertos, casi todos por causas naturales o sin explicar. Uno de aquellos langures apareció el 20 de septiembre aferrado al tronco de un árbol, sin heridas visibles, muerto menos de un día antes. YIARI, por su parte, recibió avisos de serpientes, tortugas y pangolines afectados por el fuego; liberó a algunos pangolines en zonas más seguras.
Detrás de muchas de estas muertes hay algo tan básico como el agua. Con las charcas del bosque secas y los estanques de las aldeas vueltos salobres, los animales deshidratados se acercan a las casas y a la costa. «Nunca habíamos tenido hallazgos como estos», reconoce Adam Miller, cofundador de Planet Indonesia. «Cuando los manglares pierden su agua dulce, los animales mueren.» En septiembre, según la agencia meteorológica BMKG, la lluvia no llegó a 50 mm por cada periodo de diez días en buena parte de Kalimantan; la intrusión de agua salada disparó la salinidad del río Kapuas, y la ciudad de Pontianak tuvo que recibir cinco millones de litros de agua dulce desde Kubu Raya.
La respuesta, de nuevo, llegó desde abajo. Planet Indonesia y equipos de patrulla de las aldeas instalaron seis puntos de agua con cámaras-trampa. En los dos primeros, colocados el 18 de septiembre, los animales empezaron a beber en menos de una hora: grandes grupos de langures, madres narigudas cargando a sus crías. Karmele Llano Sanchez, de YIARI, lo sitúa en su dimensión real: «Para los animales que aparecen quemados, es seguro que su estado lo causó el fuego». Y añade una frase que amplía el foco más allá de la fauna: «Así que esto es también una crisis de seguridad alimentaria».
La primera línea tiene cara de vecina
Quien de verdad sostiene el pulso diario contra el fuego no es un cuerpo de élite ni una ONG internacional, sino la gente que vive dentro del paisaje que arde.
En Ketapang, esa primera línea se llama Power of Mama, «el poder de las madres». En 2022, YIARI reunió a mujeres de cuatro aldeas y las formó para combatir incendios. Hoy son más de 140. Son voluntarias, no cobran. Patrullan diez aldeas en moto, anotan los focos de calor, apagan fuegos pequeños y —quizá lo más importante— convencen a sus vecinos de no despejar la tierra quemándola para plantar palma. La organización les da teléfonos y una ayuda para la comida, y no las deja enfrentarse a los grandes incendios.
Son madres y agricultoras hablando de su propia casa. Juniarni, de 48 años, notó que los pájaros habían dejado de cantar en su aldea: «No han hecho nada malo. ¿Por qué son ellos las víctimas?». Elly Marlina, de 46, recuerda a sus hijos con infecciones respiratorias: «Tardaron más de un año en recuperarse». Irma, de 38, lo dice sin rodeos: «Nuestra tierra era la más vulnerable al fuego». Mita Anggraini, su supervisora en YIARI, resume de dónde sale esa constancia: «Estas mujeres sienten que los bosques son suyos, y los protegen con todo el corazón».
A su lado trabajan los funcionarios de conservación provinciales. «Esta mañana recibimos información del público e inmediatamente hicimos una inspección de campo», cuenta Sarbandi, portavoz de la agencia BKSDA, describiendo cómo empieza la mayoría de los rescates: con una llamada de un vecino. «Hacemos seguimiento de cada aviso que llega del público», confirma Murlan Dameria Pane, responsable de la agencia. Así se recuperó a casi todos los orangutanes de Ketapang este agosto: Wak, un macho adulto sacado de un huerto el 6 de agosto; Mama Yuni y sus dos crías, Pura y Yuni, evacuadas el 21 cuando el fuego cortó su hábitat; Mama Yayuk y su cría Yayuk, rescatadas hacia el 27 en una plantación de palma y liberadas en el Parque Nacional Gunung Palung. «Siete individuos fueron rescatados a lo largo de agosto», resume Heribertus Suciadi, portavoz de YIARI. Seis sobrevivieron. Sampurna no.
Qué queda cuando se apaga
Es tentador contar esta historia como un relato de héroes, y en parte lo es: hay algo profundamente esperanzador en una madre que aprende a manejar una manguera sobre turba ardiendo porque ha decidido que el bosque es suyo. Pero sería deshonesto quedarse ahí. Estas mujeres apagan fuegos pequeños mientras el sistema que los provoca —el drenaje de la turba, las concesiones, el fuego como herramienta barata para despejar tierra— sigue intacto. Rescatar siete orangutanes en un distrito no revierte una caída del 86 % en setenta años.
Utopía hace siempre la misma pregunta: ¿cómo sería tu mundo ideal? En las aldeas de Ketapang, la respuesta es casi insultantemente modesta. Que vuelvan a cantar los pájaros. Que los niños no tarden un año en respirar bien. Que la turba siga húmeda y el bosque siga siendo bosque. No es una utopía lejana: es, literalmente, lo que había antes de que se abrieran los canales. A veces lo esencial no está delante, en algún futuro por conquistar, sino detrás —en algo que teníamos y decidimos secar.
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Fuentes
- Mongabay — Rescuers scramble to save orangutans (sep. 2026)
- Mongabay — Borneo wildlife scrambling for fresh water (oct. 2026)
- Al Jazeera — Four killed as Indonesia battles worst forest fires in more than a decade (oct. 2026)
- AsiaOne — Women volunteers of Borneo battling worst wildfires in 11 years
- Mongabay — The Power of Mama, all-woman crew (nov. 2023)
- Wikipedia — 2026 Indonesia wildfires

