El pueblo que evolucionó para el mar (y al que empujan a tierra)
Los bajau llevan más de mil años viviendo sobre el agua. Su cuerpo se adaptó para bucear; el mapa político, en cambio, no reconoce a quien no pisa tierra.

Un niño bajau aprende a bucear antes que a leer. Hacia los cinco o seis años ya se deja caer bajo la superficie con unas gafas de madera y una lanza de fabricación casera, siguiendo a su padre hasta el fondo del arrecife. No hay bombona ni neopreno: solo una bocanada de aire, el cuerpo relajado y el silencio azul. Algunos adultos descienden más allá de los 70 metros con una sola respiración, y pasan bajo el agua hasta el 60 % de su jornada de trabajo. Para los bajau, el mar no es un paisaje: es el suelo de su casa.
Un pueblo sin tierra firme
Los bajau —o, con más precisión, los sama-bajau, y entre ellos los bajau laut, «bajau del mar»— son uno de los últimos pueblos nómadas marinos del planeta. Durante siglos han vivido en embarcaciones de madera de teca llamadas lepa lepa, moviéndose por los mares de Sulú, Célebes y Timor, entre lo que hoy son Filipinas, Malasia e Indonesia. Un cronista de la expedición de Magallanes ya anotó su forma de vida en 1521; el análisis lingüístico sugiere que llevan más de mil años así.
Conviene no romantizarlos ni meterlos a todos en el mismo saco. Hoy la mayoría ya no vive en barcas, sino en casas sobre pilotes a pocos metros de la orilla —como Sampela, una aldea de cerca de mil personas— y solo una minoría conserva la vida plenamente nómada. Los hombres pescan a diario, buceando en apnea con gafas de madera y arpón; las mujeres, las niñas y los mayores recogen pulpos, erizos y pepinos de mar cerca del poblado. El arroz y el agua dulce llegan en barca desde tierra. Los bajau de Indonesia, de Malasia y de Filipinas no comparten ni el mismo idioma exacto ni la misma situación legal.
Un cuerpo diseñado por el mar
Durante mucho tiempo se dio por hecho que los bajau simplemente se entrenaban mejor. En 2018, un estudio publicado en la revista Cell demostró algo más profundo: han evolucionado para el buceo.
La investigadora Melissa Ilardo, entonces en la Universidad de Copenhague, comparó a los bajau con los saluan, un pueblo vecino que vive en tierra, haciendo ecografías del bazo a ambos grupos. El bazo —un órgano que actúa como reserva de sangre oxigenada y que la libera en el torrente durante una inmersión— resultó ser, en los bajau, de media un 50 % más grande. Detrás había una variante genética, en un gen llamado PDE10A, que los saluan no tenían y que se relaciona con los niveles de hormona tiroidea. En otras palabras: la selección natural les dio un depósito de oxígeno más grande.
«Hasta ahora era completamente desconocido si las poblaciones de nómadas marinos se adaptaban genéticamente a su estilo de vida extremo», explicó Ilardo. Su colega Rasmus Nielsen lo resumió con una frase que se quedó grabada: «Es un experimento de hipoxia que la naturaleza ha hecho por nosotros». Un tercer autor del estudio, Eske Willerslev, apuntó lo esencial: «La mayoría de estas poblaciones están completamente poco estudiadas».
Es una de esas ironías que cuesta digerir: justo cuando la ciencia empieza a entender hasta qué punto el cuerpo bajau pertenece al mar, su forma de vida en el mar se está apagando.
Una nación de nadie
El problema de fondo no es biológico, sino político: muchos bajau no existen para ningún Estado.
Se calcula que hay alrededor de 500.000 sama-bajau repartidos entre Filipinas, Malasia e Indonesia, aunque, como advierten los especialistas, no hay datos fiables. Buena parte de los bajau laut son apátridas: no tienen documentos de identidad de ningún país. La razón es casi circular. En Malasia, su histórico ir y venir cruzando la frontera marítima con Filipinas vuelve imposible determinar su nacionalidad, y a menudo carecen de los certificados de nacimiento o matrimonio que la ciudadanía exige. En Indonesia la mayoría sí son ciudadanos, pero no pueden ser reconocidos legalmente como pueblo indígena (masyarakat hukum adat) por un motivo demoledor: esa figura exige un territorio ancestral en tierra, y el territorio ancestral de los bajau es el agua.
La consecuencia es brutal. En Sabah (Malasia), las autoridades han desalojado por la fuerza a cientos de bajau laut; activistas locales denunciaron, con vídeos, que se quemaron y derribaron sus viviendas. El gobierno planea reconvertir zonas como Semporna en polos turísticos, con hoteles y oficinas, y reubicar a sus habitantes; la misma zona es tratada además como «punto caliente» de delincuencia transfronteriza. Frente a ello, más de un centenar de organizaciones de la sociedad civil piden que se reconozca a los bajau laut como comunidad indígena «merecedora de ciudadanía». El exministro de Justicia malasio Zaid Ibrahim condenó los desalojos.
El mar que se vacía
Y, por si la presión política fuera poca, el propio mar que los sostiene se está agotando.
Las capturas han caído con fuerza en los últimos años. La causa no son los bajau, sino la sobrepesca y, sobre todo, la pesca con dinamita y cianuro practicada por otros —ilegal, pero mal perseguida—, que revienta los arrecifes. Donde antes había coral vivo quedan cráteres. Eso obliga a los buceadores a bajar más hondo y a aguantar más tiempo, con el riesgo de corrientes fuertes y de desmayos por falta de oxígeno. A ello se suman la minería de níquel en Célebes y las Molucas, que contamina las aguas del Triángulo de Coral y daña las capturas, y unas tormentas cada vez más fuertes.
El fotógrafo David Hu, que convivió con una familia bajau en Sampela, lo dijo sin adornos: «La realidad es que esta línea de vida se está volviendo cada vez más fina». Y describió el fondo: «En algunos lugares te sumergías y encontrabas cráteres enormes en el coral, de años atrás».
Qué dice de nosotros
Hay algo casi insoportablemente injusto en el caso bajau. Son, quizá, los seres humanos más adaptados al mar que existen —con un órgano agrandado por mil años de inmersiones— y son, a la vez, a los que se empuja a tierra: a vivir en un apartamento, a enseñar la tarjeta que no tienen, a pescar en un arrecife muerto.
Utopía hace siempre la misma pregunta: ¿cómo sería tu mundo ideal? Para un bajau, la respuesta no exige imaginar nada nuevo. Es, sencillamente, lo que ya tenían antes de que llegaran las fronteras, las dinamitas y los hoteles: un mar vivo por el que moverse libremente, sin que nadie les pida papeles por cruzarlo. A veces la utopía no está delante. Está detrás, y consiste en que nos dejen conservarla.
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Fuentes
- Ilardo, M. et al. (2018) — Physiological and Genetic Adaptations to Diving in Sea Nomads, Cell
- Sci.News — Indigenous Bajau People Evolved Larger Spleens for Free-Diving
- The Diplomat — Malaysia's Sea Nomads: Trapped Between Southeast Asia's High and Low Politics (jun. 2024)
- Harvard Magazine — The Last Nomads of the Sea

